Te contamos cómo nació el programa de productores aliados de Pergamino, cómo garantizamos calidad y trazabilidad, y por qué este modelo no es filantropía sino un mecanismo sostenible para el campo cafetero.

Productores aliados: Esta es la forma cómo conectamos el campo cafetero con el mundo
¿Sabías que la mayoría del café en Colombia se vende de forma anónima? En este artículo te contamos cómo nació nuestro programa de productores aliados, por qué la calidad es el motor que lo sostiene, y cómo este modelo cambia la vida de cientos de familias caficultoras.
El problema: un café que se vuelve anónimo
Para entender por qué existe el programa de productores aliados, primero hay que entender cómo se comercializa tradicionalmente el café en Colombia. En muchos pueblos cafeteros, los pequeños productores llevan su cosecha a casas o bodegas donde un comprador la revisa por encima, toma una muestra rápida, define un precio y la vuelca en una pila gigante junto con el café de muchos otros productores. Ahí, esa pila se homogeniza: se mezcla todo, incluidas las llamadas "pasillas" (granos de menor calidad), y el resultado es una sola masa indiferenciada que se vende simplemente como "café colombiano".
Ese proceso tiene un costo silencioso, se pierde por completo la conexión entre quien produce el café y quien finalmente lo consume. El productor que se esmeró en entregar un café limpio y de alta calidad ve cómo su cosecha termina mezclada con la de otros, sin ningún reconocimiento adicional. Y como nadie distingue esa calidad, tampoco nadie la paga, y el precio lo termina fijando un mercado anónimo, no el trabajo del caficultor.
A esto se suma un problema estructural, aunque hoy el precio del café esté en máximos históricos, el promedio de una década completa suele ser bajo, con apenas algunos picos. Esa volatilidad genera una profunda insostenibilidad en el campo colombiano, y es exactamente el vacío que el café especial y nuestro programa de productores aliados busca cerrar.
¿Qué es el programa de productores aliados?
Este proyecto nació de dos caminos que terminaron encontrándose. Por un lado, Pergamino empezó produciendo café en sus propias fincas; al comenzar a exportar, se hizo evidente el enorme vacío entre quien produce el café y quien lo tuesta y consume, y cuánto valor se perdía en ese trayecto. Por otro lado, la experiencia previa de trabajar directamente con productores pequeños permitió conocer de primera mano esa desconexión con el mercado, y la diferencia real que representa para un caficultor estar o no dentro de una cadena que valora y paga por la calidad.
Hoy trabajamos con una red de cerca de 2.000 caficultores aliados en distintas regiones del país. La gran mayoría son pequeños productores, sus fincas no superan las cinco hectáreas, y el promedio está más cerca de una sola hectárea. Empezamos comprando el café de nuestras propias fincas y, con el tiempo, convertimos ese aprendizaje en una plataforma para que estos productores, mucho más pequeños que nosotros, dejaran de vender su café de forma anónima. Al principio, ese café llegaba sobre todo a tostadores artesanales en el exterior; hoy, cada vez más, llega también a nuestras propias tiendas y a nuestros clientes en Colombia, siempre reconociendo su origen.
Cómo garantizamos la calidad y la trazabilidad
La herramienta que usamos para diferenciar un café de otro es la catación. Desde el momento en que un lote llega a una bodega aliada, se le asigna un código que conserva su trazabilidad hasta el final del proceso. Cada lote pasa por un análisis físico (factor de rendimiento) y un análisis sensorial que le asigna un puntaje final. Con ese puntaje decidimos qué va a pasar con ese café: si hace parte de una mezcla para un café de la casa como Alto de Letras, si se convierte en un origen de temporada, una edición especial o, en los casos más excepcionales, en un café del 1%.
La diferencia con el modelo tradicional es sobre todo visual, en lugar de una sola pila gigante, trabajamos con cientos de lotes pequeños de 20, 30 o 50 kilos que catamos uno por uno. En un año llegamos a catar alrededor de 100.000 muestras. Esto nos permite decidir con precisión qué lotes se mantienen separados y cuáles se combinan, siempre por calidad y con trazabilidad completa. Es decir, podemos juntar varios lotes para exportarlos, por ejemplo, como un café de una región específica, pero sabemos exactamente de dónde vino cada uno, podemos contarle esa historia a nuestros clientes y podemos garantizar que cada productor recibió un precio equivalente al que obtuvimos por ese café de calidad.
Calidad, no filantropía: el mecanismo que sostiene el modelo
Es importante ser claros en un punto, el programa de productores aliados no es un proyecto filantrópico. Nada nos gustaría más que poder pagarle un precio estable y más alto a las cerca de 500.000 familias cafeteras de Colombia, pero eso no sería sostenible si no estuviera respaldado por algo objetivo. Ese algo es la calidad.
El mecanismo es simple de entender, solo podemos pagar un precio más alto por un café que efectivamente podamos vender a un precio superior, ya sea en el extranjero o en nuestras propias tiendas. Quien recibe ese sobreprecio es el productor que hizo el trabajo, pero el punto de partida siempre es una calidad verificable y objetiva nunca una decisión subjetiva. Por eso, incluso con productores con quienes existen relaciones de amistad de más de 20 años, la catación se mantiene 100% objetiva: no podemos comprar un café que no podamos ofrecer en nuestras tiendas, sin importar cuánto apreciemos a quien lo produjo.
Trabajar de la mano de las comunidades
Cada región donde trabajamos tiene su propia dinámica y sus propios aliados locales. Pero en todas partes seguimos la misma premisa, no se trata simplemente de llegar a comprarle café a un productor puntual, sino de conocer realmente a la comunidad, entender dónde está la calidad, tener acceso recurrente a esos cafés y, sobre todo, construir proyectos de largo plazo.
Ese acompañamiento genera un círculo virtuoso que, con los años, se vuelve tangible. Llevamos visitando algunas de estas comunidades, como Insa, más de una década, y el progreso se nota: mejoras en las casas, en los baños, en los beneficios de café, en el acceso a una moto o, como en el caso de un productor que compatió la foto del cambio de piso de su casa a uno de cerámica, en sueños que finalmente se hacen realidad.
Al principio, sin embargo, esa confianza no era evidente. En una de las primeras reuniones del proyecto, en Caicedo, una productora cuestionó abiertamente por qué debía confiar en un grupo de jóvenes desconocidos, cuando esperaba encontrarse con alguien con más trayectoria y canas. La respuesta fue sencilla: la garantía no era la experiencia acumulada, sino la intención de permanecer en el negocio a largo plazo, construyendo una relación duradera en lugar de aprovechar una buena cosecha y desaparecer.
¿Por qué no trabajamos en todas las regiones cafeteras?
Es una pregunta frecuente: ¿por qué el programa no está presente en zonas como el Quindío, Risaralda o el Valle? La respuesta tiene dos partes. Primero, responde a la demanda del mercado, que busca ciertos perfiles de café. Segundo y más importante, está la disposición real de la comunidad para trabajar de la mano, aprender y, en muchos casos, cambiar.
Llegar al nivel de calidad que exige el café especial no ocurre de un día para otro. La primera gran decisión suele ser la variedad, algunas variedades resistentes a la roya no producen una taza tan buena, y cambiar de variedad requiere que la finca tenga la altitud adecuada. Cuando rechazamos un café, siempre compartimos esa información con el productor para que pueda mejorar, aunque en ocasiones factores como la altitud hacen que ese cambio sea muy difícil. Por eso nos enfocamos en zonas donde hemos encontrado comunidades genuinamente dispuestas a invertir el tiempo, la resiliencia y la flexibilidad que exige el café especial, sabiendo que cada cosecha y cada clima son distintos.
Cómo se define el precio: dos niveles y dos sobreprecios
Todo el café que compramos se paga por encima del precio de mercado, pero el modelo tiene dos niveles. Primero está el umbral base: los cafés que puntúan 84 puntos. Luego, los lotes que logramos diferenciar por encima de ese puntaje se convierten en microlotes —ya sea para exportación, orígenes de temporada, ediciones especiales o el 1%— y reciben un tratamiento distinto.
Al final de cada cosecha, además, hacemos una reliquidación al productor, un segundo sobreprecio que depende de cómo terminó comercializándose ese café (a qué precio se exportó, con qué tasa de cambio, o si se vendió en nuestras tiendas). Es decir, hay un sobreprecio inicial y un segundo sobreprecio posterior, y esto requiere confianza mutua, el productor confía en que ese segundo pago llegará una vez se conozcan todos los datos de la comercialización.
El precio final siempre está conectado, en alguna medida, al mercado internacional del café (conocido como el precio "C"), más un diferencial por el café colombiano, más el sobreprecio por calidad. La excepción son los cafés del nivel más alto como el 1% y las ediciones especiales, que se desligan casi por completo de esas fluctuaciones: su valor se mantiene relativamente estable de un año a otro, más allá de lo que haga el mercado base.
El impacto: por qué esto importa para el futuro del café
Detrás de todo este modelo hay una preocupación real por el futuro de la caficultura colombiana. La edad promedio del caficultor en el país ya se acerca a los 60 años, y cada vez es más difícil que nuevas generaciones se queden trabajando el campo. Sin un incentivo económico real que permita vivir del café y no solo sobrevivir a partir de él será cada vez más difícil tener grandes cafés en el futuro.
Muchos productores describen el café tradicional como un ciclo agotador: cosechar, vender, pagar a los recolectores, pagar deudas, y al año siguiente volver a pedir un préstamo para empezar de nuevo. La decisión de entrar al café especial es, en el fondo, una forma de romper ese ciclo. Cuando un productor tiene un ingreso más estable, su familia tiene más razones para seguir produciendo café, y ese círculo virtuoso es, en última instancia, lo que nos permite seguir ofreciendo a nuestros clientes un café extraordinario.
En conclusión
El programa de productores aliados es, en el fondo, un intento de resolver un problema muy concreto: la anonimidad con la que tradicionalmente se comercializa el café en Colombia. A través de la trazabilidad, la catación y un modelo de precios basado en calidad y no en filantropía, buscamos reconstruir la conexión entre quien produce el café y quien finalmente lo disfruta. Es un trabajo que se construye durante años, de la mano de comunidades específicas, y que hoy se refleja en historias como la de la familia Pillimué o en el progreso visible de regiones como Insa. La próxima vez que tomes un café Pergamino, detrás de esa taza hay un productor con nombre propio, y una relación de largo plazo que seguimos construyendo cosecha tras cosecha.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el programa de productores aliados de Pergamino?
¿Cómo garantiza Pergamino la trazabilidad del café de sus productores aliados?
¿El programa de productores aliados es un proyecto de filantropía?
¿Quieres probar el café de nuestros productores aliados?